Saltar al contenido

Perdona nuestros pecados

A lo largo de mi carrera, más de una vez me he sorprendido hablando de un competidor con mis compañeros de forma poco amable, juzgando sus métodos o sus estrategias. Sin enumerar epítetos, suelo cerrar esas conversaciones con una frase que me sirve de mantra: Bueno, que nosotros tampoco nos confesamos cuando llegamos a casa”.

Hoy, pensándolo mejor, me pregunto: ¿y si es el momento de confesar nuestros propios pecados profesionales? Voy a intentarlo… a ver si sale.

Los pecados

A veces pecamos de soberbia. Creemos que controlamos todo y luego el mercado, los clientes o la vida nos atropellan. Con los años pasa menos, pero duele más cuando ocurre.

Pecamos de ira. Gritamos, nos enfadamos, nos dejamos arrastrar por minucias que, en retrospectiva, parecen absurdas.

Pecamos de gula, no de hambre, sino de relaciones: restaurantes, cafés, reuniones interminables… buscando consolidar alianzas, tejer redes, ganar terreno.

Pecamos de de envidia, cuando admiramos ideas ajenas, los contratos que consiguen otros o los profesionales que fichan la competencia. Esa mezcla de respeto y deseo de superación puede ser venenosa si no la reconocemos.

Pecamos de pereza, cuando nos levantamos de la cama solo por necesidad, y no por entusiasmo.

Y pecamos de avaricia, sin límites ni moderación: un contrato más, un equipo más grande, un número más, siempre uno más. Algunos no pecan más solo porque no tienen la oportunidad.

La memoria y la absolución

Nos dejamos llevar por la adrenalina que estos pecados provocan, con poca intención de pedir perdón y menos propósito de enmienda. A veces, reconocerlos es suficiente; otras, olvidar selectivamente puede ser la única manera de seguir adelante sin resentimiento.

Creo que me dejo algo…

 

Publicado enArtículos

Los comentarios están cerrados.